LA NOCHE DEL ERROR Y LOS GUERREROS ASANTEMIR.

En la mágica y aguerrida civilización Guanche -originaria de las bellas Islas Canarias- se celebraba durante las fiestas caniculares de Beñesmer (mes de Agosto), un ritual propiciatorio dedicado a la fecundidad sagrada.
Era una solemne celebración en la que hombres y mujeres en edad fértil, mantenían relaciones sexuales en campos plantados de cereales, cuando la Luna se escondía.
Al anochecer, rodeados de absoluta oscuridad, orientados únicamente por el olfato y el tacto, la unión carnal se consumaba sin conocer la identidad de los amantes.
La llamaban la NOCHE DEL ERROR.
Transcurridos diez meses lunares, las criaturas nacidas del sagrado
ritual, eran entregadas a los sacerdotes Samarines, que en virtud de sus facultades adivinatorias, decidían su educación como miembros de las distintas castas sacerdotales o, en determinadas circunstancias, los seleccionaban como guerreros consagrados a la comunidad y a Dios, a los que llamaban ASANTEMIR.
Los Cancos, sacerdotes del Sol, y las sacerdotisas Marimaguadas, supervisaban su formación y su crecimiento.
De esta manera, fría y cruel para los hábitos actuales, se conseguía el desarraigo social de los niños y niñas que, desconociendo la identidad de sus padres biológicos, vivían hasta el final de sus días bajo el signo sagrado de su nacimiento, sometidos absolutamente a la obediencia de Achaman, la divinidad que les “procreó”.
De elevada estatura y tez morena, por lo general rubios y de ojos azules, los Asantemir exhibían un aspecto físico impresionante.
Su número, nunca superaba la docena.
Vivían aislados de la comunidad, en zonas estratégicas desde donde dominaban las comarcas a las que pertenecían.
Consagraban su vida íntegramente al compromiso espiritual, cumpliendo los preceptos de su divinidad por encima de todo, incluso las órdenes del Mencey, al que servían.
En combate siempre ocupaban la vanguardia, despojándose completamente de sus vestiduras de piel de cabra y de sus ajustadores. La desnudez en combate en la antigüedad era un símbolo de honor y coraje, una muestra de ausencia de temor frente a la muerte.
Recogían su larga cabellera – que nunca se cortaban – en un moño sujeto en la base del cráneo con una cinta de cuero trenzado, que adornaban con conchas marinas y pequeñas piedras.
Para combatir, trazaban sobre sus cuerpos pinturas rituales de guerra, en las que destacaban dos líneas gruesas en la parte frontal de los hombros, de color rojo y negro.
La leyenda cuenta que, al igual que otros Guerreros Sagrados de lejanas civilizaciones, se suicidaron al ver perdido su honor, pero aquella muerte no fue el final.
Las antiguas tradiciones dicen que, cuando su pueblo los necesite, todos los Guerreros Sagrados acudirán a la “Ultima Batalla” y culminarán la victoria para el pueblo.

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