“¡¡HENRI MATISSE NO ES UN ANIMAL, DESPUÉS DE TODO!!”

Los enemigos del pintor le llamaban “animal furioso”. “Fauve”, es decir, FIERA, debido a los vibrantes colores que utilizaba en sus creaciones y sus formas poco convencionales.

Curiosamente, cuando los ávidos periodistas querían conocerle más de cerca, y esperaban encontrar un loco desaseado de barba hirsuta y pelo erizado, se sorprendían sobremanera cuando les recibía un educado y pulcro caballero, con traje sastre y anteojos.
Por encima de todo, Matisse ansiaba la armonía, la serenidad, quería encontrar el perfecto refugio del mundo.

En la época en la que pintaba, la mayor parte de los “expertos en arte” buscaban obras “desafiantes”, obras de arte que “retaran” al observador, y catalogaron su obra como “salvaje”, lo cierto es que, en la actualidad, la contemplación de su obra produce más calma y sosiego que excitación rabiosa…

Su infancia en Bohain, Francia, rodeado de los sacos de semillas con las que comerciaban sus afanosos padres y su intento juvenil, siguiendo las órdenes paternas de labrarse un futuro en París como abogado o funcionario de justicia, desembocaron en el colapso de su salud, que le llevó al hospital.
Desesperado por lo que parecía un encierro eterno, se sintió interesado por el entretenimiento que hacía más ligeras las horas en el hospital de su compañero de habitación. Copiaba paisajes al óleo.
Henri le pidió a su madre una caja de pinturas y, su primer intento de copiar una litografía, le cambió el destino:
“Desde el momento en que tuve la caja de colores entre mis manos, me dí cuenta de que ésa era mi vida”.

Luchó sin descanso para lograr que sus padres le permitieran estudiar en París, lo que logró a los 22 años, en 1891.
Una durísima experiencia académica vivida, hasta 1894, le permitió mantenerse económicamente por una temporada, siempre al borde del abismo, aunque con suficiente liquidez como para sobrevivir, incluso con Camille Joblaud, su bella novia, y la hija de ambos, Marguerite.

Pero justo cuando todo parecía estabilizarse, abandonó el academicismo que le permitía trabajar bajo pedido, lanzándose a experimentar con temas contemporáneos de líneas duras y colores brillantes. Camille, le abandonó en el verano de 1897. Marguerite quedó al cuidado de Henri.

Apenas unos meses después, con su nuevo e intelectual amor, Amélie Parayre, construyó una nueva filosofía de vida en la que, el reparto de trabajo familiar, incluida Marguerite y desplazados a vivir con los abuelos Jean y Pierre, los hijos nacidos en 1899 y 1900 de la nueva pareja, permitió a Henri encerrarse en la búsqueda incansable de una nueva forma de armonía de colores.

Siente que está en camino cuando crea “Retrato de la señora Matisse” en la que huyendo de toda tradición cromática, muestra a Amélie con una línea verde cruzando su rostro. Consigue exponer la obra en el Salón de Otoño de 1905, pero el público huyó despavorido al ver lo que catalogaron como un “monstruo”.

Situada en la misma sala , junto a una escultura académica, contrastaba de una forma tan extraña, que un conocido crítico de arte de la época publicó que la escultura parecía : “ Un Donatello asediado por una fiera salvaje”.
El comentario corrió como la pólvora y todos los articulistas que querían parecer respetables describieron a Matisse como un ANIMAL PISOTEANDO LAS CONVENCIONES ACADÉMICAS.

Henri, tal vez, había hallado su camino, pero no iba a ser fácil, ni rentable.

Aunque durante casi una década, temió que sus innovaciones le condenaran al ostracismo y a la ruina, realmente abrió la puerta a un nuevo mundo de artistas y coleccionistas entre los que podemos considerar a a Leo y Gertrude Stein o el ruso Sergei Ivanovich Shchukin, cuyos encargos y mecenazgo, le salvaron en varias ocasiones del desastre.
Loa años de la primera Guerra Mundial fueron duros, los hijos que tuvo con Amélie fueron llamados a filas y él mismo, cin 45 años se ofreció voluntario, pero fue rechazado.

Amélie enfermó y durante tres años, estuvo prácticamente hospitalizada. Para cuando se recuperó y quiso reunirse en Niza con él, Matisse había encontrado ya a otra fiel ayudante, una inmigrante rusa llamada Lydia Delectorskaya.
Incrédula y desesperada, Amélie le dió un ultimátum – una u otra – y, Henri prefirió a Lydia. Se divorciaron en 1939 y repartieron las obras del taller del artista.

Llegada la segunda Guerra Mundial, mientras que otros pintores se decantaron por significarse, Matisse eligió seguir ofreciendo solaz y “relajamiento ante la fatiga”. Incapaz de mantener la distancia emocional necesaria para lograrlo, enfermó de cáncer de duodeno y tuvo que enfrentar una arriesgada operación en 1941.

Demasiado débil para sostener los pinceles y para mantener tensión en los brazos, comenzó a cortar y recortar papeles de colores, haciendo que Delectorskaya los pegara en el sitio que él determinaba.

Los “collages”, en principio terapéuticos, se convirtieron en un fin en sí mismos. En 1947 publicó “Jazz”, íntegramente compuesto de éstas coloridas obras.

Durante la Guerra, los cuadros de Matisse, junto a los de otros artistas “modernos” fueron objeto de la purga contra el “Arte Degenerado” por parte de los nazis, que quemaron multitud de cuadros en aquelarres contra-culturales públicos y subastaron a precio irrisorio en actos públicos que permitieron recuperar algunos de ellos.
Un caso especial fue “Bañistas con tortuga” rescatado por Pierre Matisse en el Museo de Bellas Artes de Bruselas, para el coleccionista Joseph Pulitzer, famoso editor y creador del famoso premio de periodismo.
Hoy, donado por la familia Pulitzer, puede admirarse en el Museo de Arte de san Luis.

Al final de su vida, Henri Matisse se lamentaba, pública y amargamente, de que nunca se le hubiera encargado una obra significativa, soñaba con un encargo de un museo, un edificio público o cualquier obra significativa.

Aunque lo cierto es que SÍ TUVO UN ENCARGO “FARAÓNICO”, pero invisible.
En 1931, Albert Barnes, un rico y excéntrico inventor, que amaba el arte y la provocación, encomendó a Matisse un gigantesco mural para su fundación escuela, situada en el barrio de Merion de Filadelfia, Pensilvania.

El trabajo era monumental. La decoración de los tres arcos del gran vestíbulo del edificio. De nada menos que tres por quince metros.
Henrí se puso manos a la obra con escaleras móviles, brochas de extrema longitud y demás pertrechos. Recreó una de sus obras más valorada, “La Danza”. Hasta ver terminado el proyecto en 1933, estuvo bajo tanta tensión, que sufrió un infarto.

Finalizado el trabajo y feliz por el resultado, descubrió que Barnes se negaba a que nadie lo viera. No autorizó jamás, a nadie ajeno a la fundación que lo vieran. Incluso en su testamento, implementado a su muerte en 1951, lo especificó con claridad.
Matisse quedó destrozado al saberlo.


(La propia Fundación Barnes, impugnó el testamento de su fundador en 2002 y consiguió cambiar en los tribunales, los estatutos de exhibición para lograr la supervivencia económica, haciendo posible una mejor “comercialilzación” de las visitas en 2004.)

Por eso, aunque sus amigos más íntimos se asombraran de la aceptación de un encargo “religioso” por su parte, siendo manifiestamente ateo, no dudó en aceptar entusiasmado, porque se lo pidió Monique Bourgeois, una enfermera y posteriormente monja a la que apreciaba mucho.

La oportunidad de crear las vidrieras de una capilla en Vence, cuyo proyecto le permitiría mezclar sus amados colores con transparencias refulgentes, en un entorno de sensibilidad y respeto, le sedujo. Llegó a diseñar hasta casullas para los distintos oficios religiosos.
La capilla del Rosario fue consagrada en junio de 1951. Un trabajo sublime en el que, el interior del templo se bañaba en perlas de luz coloreada.

Aquel esfuerzo, debilitó definitivamente el corazón de Matisse, que dejó de latir el 3 de noviembre de 1954.
Lydia abandonó la casa y el taller del artista, para ver como Amélie se hacía cargo de todo.
Finalmente, ella al morir quiso ser enterrada junto a él.

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