SANTA TERESA Y SUS DEMONIOS.

Santa Teresa de Jesús, nacida en Ávila el 28 de marzo de 1515, fue una religiosa, mística y Doctora de la Iglesia del siglo XVI, que tuvo frecuentes visiones y éxtasis místicos, relatados por ella misma.

Lo que no es tan conocido son las abundantes experiencias con demonios, próximos a la posesión, que ella describe con detalle en su autobiografía “El Libro de la Vida”, especialmente en los capítulos 31 y 32, donde relata, según sus propias palabras: “algunas tentaciones exteriores y representaciones que me hacía el demonio, y tormentos que me daba” y “ cómo quiso el Señor ponerme en espíritu en un lugar del infierno que tenía por mis pecados merecido”.

Veamos algunos comentarios:

– “Estaba una vez en un oratorio, y se me apareció hacia el lado izquierdo, una abominable figura; le miré especialmente la boca, porque me habló, y la tenía espantosa. Parecía que le salía una gran llama del cuerpo, que estaba toda clara, sin sombra. Me dijo espantosamente que bien me había librado de sus manos, mas que él me tornaría a ellas”.

Entonces, asustada, trató de espantarlo con el signo de la cruz. El demonio la abandonó, pero regresó rápidamente. Esto sucedió varias veces hasta que recordó que había agua bendita cerca: “Dos veces me sucedió esto. Yo no sabía qué hacer. Tenía allí agua bendita y lo eché a aquella parte, y nunca más retornó”.

– En otro momento, Santa Teresa contó que el demonio estuvo cinco horas atormentándola “con tan terribles dolores y desasosiego interior y exterior, que no sabía si podía soportar más. Las que estaban conmigo estaban espantadas y no sabían qué hacer ni yo cómo valerme”.

La santa admitió que solo encontró alivio después de pedir agua bendita y arrojarla al lugar donde vio al demonio y en sus alrededores:
“Tras muchas ocasiones, tengo la experiencia de que no hay nada como el agua bendita para hacer huir a los demonios y evitar que regresen. De la cruz también huyen, mas vuelven. Debe ser grande la virtud del agua bendita”.

También aseguró que conoció la consolación del alma luego de tomar el agua, que le generó “como un deleite interior” que la confortaba.
“Esto no es un antojo, ni cosa que me ha acaecido sola una vez, sino muchas, y he mirado con gran advertencia. Digamos, es como si uno tuviese mucho calor y sed, y luego bebiese un jarro de agua fría, y sintiera un gran alivio.
Considero que es una gran cosa todo lo que está ordenado por la Iglesia, y me conforta mucho ver que tengan tanta fuerza aquellas palabras, que así se pongan en el agua, para que sea tan grande la diferencia con lo que no es bendito”.

Definitivamente fue su mejor remedio: “no hay nada como el agua bendita para hacer huir a los demonios y evitar que regresen”.

Aunque regresaron de tanto en tanto, a lo largo de toda su vida.

Nos describe también, mucho más numerosos, sus “éxtasis místicos”: “Vínome un arrobamiento tan grande que casi me sacó de mí. Senteme y aún paréceme que no pude ver alzar, ni oír misa”.

Tanto sus “tentaciones demoníacas” como sus “apariciones divinas” fueron objeto de estudio médico y científico, editado por la Fundación Wellcome y coordinada por Esteban García-Albea, neurólogo y profesor de la Universidad de Alcalá de Henares.

Los resultados no dejaron indiferente a nadie, especialmente a sus adeptos y a la Iglesia Católica.

Los diagnósticos valoraban desde la histeria hasta la enfermedad de Parkinson, para acotar científicamente lo que ella llamaba “temblor recio”, en concreto un tipo de epilepsia caracterizada por el predominio de los síntomas positivos afectivos de bienestar y goce, conocida como “epilepsia extática”, aunque también se consideraron otros, más agudos, como un episodio aislado en que la lengua se le quedó “hecha pedazos de mordida”.

Los ataques empezaban con una luz muy fuerte: “Enfín, no alcanza la imaginación -por muy sutil que sea- a pintar ni tratar cómo será esa luz”. Siguen con parálisis del cuerpo: “.,..que del todo tiene absortas las potencias”.
La tercera fase son alucinaciones multisensoriales: “Hallose el espíritu dentro de sí, en una floresta y huerta muy deleitosa…, había música de pajaritos y ángeles”.
Y después quedaba en una situación difícil de describir de placer y bienestar: “Quiere el alma estar siempre sufriendo de este mal”.

Por último, llega la confusión postcrítica, una especie de embobamiento: “Quedarse el alma recogida, y aún en lo exterior no poder tomar en sí, más quedan las dos potencias, memoria y entendimiento casi con frenesí muy desatinadas”.

Los episodios llegaban de improviso, lo que lleva a los neurólogos investigadores a indicar que estas reacciones orgánicas no eran inducidas a voluntad por la santa, como resultado de una excesiva concentración o comunión con lo trascendental: “Aparecen cuando el señor lo quiere representar, y como quiere, y lo que quiere, y no hay que quitar ni poner”. Y duraban poco tiempo; según la santa, el tiempo de una avemaría, rara vez el de una salve.

Santa Teresa, recibió la extremaunción, en el carmelo de Alba de Tormes, a las nueve de la noche del 4 de octubre de 1582, al día siguiente el calendario juliano, fue sustituido por el calendario gregoriano, de forma que en realidad, se considera que su fallecimiento tuvo lugar el viernes 15 de octubre.

Su cuerpo no fue embalsamado, apenas cubierto por una tela bordada en oro, obsequio de los Duques de Alba, fue enterrado en pésimas condiciones, tanto, que hasta el ataúd se quebró.
Aún así su cuerpo quedó incorrupto y pudieron recogerse, en su exhumación efectuada tiempo después, varias reliquias de su cuerpo…
Pero ese es otro misterio, reservado para otro momento…

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