EL BELLO MONTE DE LA MUERTE, EN EL PAÍS DE LOS SUICIDIOS.

La montaña más fotografiada, más dibujada y pintada, más escalada y tal vez, más hermosa de la tierra, produce una fascinación mortal a los humanos que tienen la dicha, o la desdicha, de sentir su efecto perturbador. Y, al parecer, ahora más que nunca en la historia.

Se clasifica al monte Fuji o Fujisan, un cono volcánico casi perfecto, que se eleva 3776 metros sobre una llanura salpicada de hermosos lagos, como un volcán activo, sin apenas riesgo de erupción.

La última explosión fue registrada en 1707, durante el período Edo.
Su hasta entonces único cráter, tuvo entonces una nueva boca con la que alimentar las leyendas y un nuevo pico, el Hoeizan, desde donde acongojar a quienes saben de las historias de terror que se esconden tras de aquellos idílicos paisajes y bosques.

Justo ahora se acaba de cumplir el aniversario de la primera ascensión a su cima por parte de un “extranjero”.
Sir Rutherfod Alcock, embajador británico, lo coronó hace 160 años.

La ascensión a la cima, para la tradición japonesa siempre fue mágica. Culminar el empeño era parte de un ritual del que estaban excluidas las mujeres, que tuvieron prohibido el ascenso hasta 1872.
Fue también una británica, concretamente Lady Fanny Parkes, esposa del sustituto de Alcock en el cargo de embajador la que, transgrediendo la prohibición expresa, subió al monte en compañía de su marido en 1867, cinco años antes de que ninguna otra mujer fuera autorizada a hacerlo.

Su determinación, pasó por alto la advertencia de que el ascenso de una fémina “ensuciaría” la Montaña Sagrada, e irritaría a la Gran Diosa y se negó a quedarse en la capilla llamada Nyonin-don (refugio de mujeres) donde había de esperar pacientemente el ascenso y el descenso de los hombres, para no perjudicar su buena suerte.

Documentados desde hace miles de años, los sacrificios rituales humanos de la antigüedad en el Monte Fuji, se transformaron en suicidios. Los japoneses se arrojaban al cráter, convencidos de que en su interior encontrarían la vida eterna.

Ya en el siglo XX, las almas en pena que iban a acabar con sus problemas al Monte Sagrado, no escalaban hasta la cima.
Se quedaban en el bosque de Aokigahara.
También conocido como el Mar de árboles , es un bosque de 35 km cuadrados, situado al noroeste del Monte Fuji.
Algunos expertos sostienen que , los abundantes yacimientos subterráneos de hierro magnético que hay en el lugar, hacen que las brújulas y GPS dejen de funcionar, provocando que los viajeros se pierdan.

Mucho más preocupante aún, es el hecho de que existen poemas de más de mil años de antigüedad que describen la maldición de ése lugar.
La leyenda cuenta que, cada rincón de ese bosque, está poblado de demonios mitológicos, que secuestraron el alma de los ancianos y niños, abandonados allí por sus familias en tiempos de hambruna, en la práctica (habitual en el pasado) de lo que se conoce como “oyasute”.

Pese a que el turismo ha quedado limitado a zonas vigiladas, los letreros de advertencia anti-suicidio abundan, helando la sangre de quién los lee.

La estadística de muertes voluntarias en Japón es sobrecogedora, propia de historias de terror, desde la antigüedad, hasta el día de hoy.

Los suicidios cayeron inicialmente en la reciente primavera pasada, durante el estado de emergencia ordenado por el gobierno para frenar la propagación del virus que asola el mundo.
Pero a medida que la economía comenzó a reabrirse, una parte de la población se quedó abandonada, arruinada. Incluso al reabrir las escuelas, se multiplicaron las denuncias de bullying.

Las muertes de mujeres y niños están en índices nunca vistos.
Y eso que Japón tiene una cultura histórica de muertes voluntarias, milenaria.
Hagamos un horrible repaso sobre el JISATSU, el nombre que recibe realmente el suicidio en Japón. Aunque en occidente relacionamos la forma de morir voluntariamente de los japoneses con otros términos, más o menos conocidos:

– Hara Kiri o Sepukku: suicidio por honor.
– Hitobashira o pilar humano, entierro en vida voluntario para cimentar un templo o palacio.
– Kamikaze: Acción temeraria con propósito suicida o con riesgo vital para demostrar valor.
– Inseki-Jisatsu: Suicidios por “responsabilidad impulsada”.

Taro Aso, ministro japonés de Finanzas en 2013, hizo propaganda pública de ésta última variedad mencionada, cuando declaró en los medios de comunicación de su país que las personas mayores debían “darse prisa y morir” para aliviar los gastos del Estado por su atención médica.
No hacen falta más palabras.

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