LA SIBILA DEL RIN.

El 7 de octubre de 2012, cinco meses antes de su renuncia al Papado y durante la misa de apertura del Sínodo de los obispos en la Basílica de San Pedro de Roma, Benedicto XVI realizó la proclamación oficial como Doctora para la Iglesia Universal de una mujer excepcional, que combinó como nadie luces y sombras, dudas y aciertos, ángeles y demonios y afectos verdaderos al límite de lo aceptable.

Santa Hildegarda de Bingen, conocida como la Sibila del Rin o como la Profetisa Teutónica, también es venerada por algunas de las Iglesias que conforman la Comunión Anglicana, como la Iglesia de Inglaterra y la Iglesia Episcopal Escocesa. Celebrándola en todas el día 17 de Septiembre.

Fue filósofa, compositora, escritora, química, herbolaria, naturalista, científica, médica, polímata, abadesa, líder espiritual, visionaria, profetisa y finalmente, santa.

Polifacética y fascinante, influyó en Occidente en la Baja Edad Media de una forma rotunda, considerada por muchos como la verdadera madre de la historia natural, estuvo comprometida con la reforma gregoriana y sin duda su vida fue modelo de su época.

Nacida en 1098, décima hija de una familia noble del Valle del Rin, al servicio del Conde de Spanheim, fue considerada DIEZMO DIVINO, entregada como oblata y consagrada a la vida religiosa desde su mismo nacimiento, bajo la tutela de la nobleza.

Enclaustrada en un monasterio masculino, junto con su mentora durante algunos años, finalmente Hildegarda profesó como monja benedictina y alcanzó el abadiato en 1136.

Débil y enfermiza desde los tres años, experimentaba apariciones que “Hacían temblar el alma” … Los describía como una gran luz en la que se reflejaban imágenes, formas y colores; además iban acompañados de una voz que le explicaba lo que veía y, en algunos casos, de música.

A los 42 años, las visiones se intensificaron de tal forma que, cumpliendo órdenes sobrenaturales decidió escribir todas sus experiencias, dando como resultado el primer libro, llamado Scivias ó Conoce los caminos, que no concluyó hasta 1151.

«No oigo estas cosas ni con los oídos corporales ni con los pensamientos de mi corazón, ni percibo nada por el encuentro de mis cinco sentidos, sino en el alma, con los ojos exteriores abiertos, de tal manera que nunca he sufrido la ausencia del éxtasis. Veo estas cosas despierta, tanto de día como de noche.’»

Durante todo el proceso tuvo como ayudante a una monja llamada Ricardis de Stade, con la que, al parecer, entabló una “entrañable” relación, finalizada trágicamente cuando son separadas por el hermano de Ricardis, que consigue para ella un abadiato que la hace morir de añoranza por Hildegarda solo un año después de la separación.

No todo era bello y bueno en aquellas experiencias y a veces, el mensaje de los ángeles o los demonios que la visitaban, le llevaba a tomar decisiones poco comprensibles, como la de construir un nuevo convento en un lugar sin agua y sin fácil acceso, como el Monte de San Ruperto, a pesar de que se aconsejaba sobre sus visiones con los hombres más sabios de su tiempo, como Bernardo de Claraval o Enrique de Maguncia.

«Simultáneamente veo y oigo y sé, y casi en el mismo momento aprendo lo que sé.».

Entre su ingente producción literaria, fue autora de algunos libros controvertidos, por situarse a medias entre ciencia y magia con contenidos sobre ciencias naturales como “Physica” o medicina “Cause et cure”.

También extraño es “Lingua Ignota”, primera lengua artificial de la historia que la convirtió en patrona de los “esperantistas”.

Expuso en sus escritos gran cantidad de conocimientos sobre el funcionamiento del cuerpo humano y sobre piedras, hierbas y plantas.

No podemos olvidar que fue ella la que incorporó el lúpulo a la cerveza tradicional y dejó escrita la receta, además de otros tratamientos médicos de su época, basados en las propiedades de piedras y animales.

Obviamente, tan amplio abanico de conocimientos, no dejó indiferente a nadie.

El propio Emperador Federico I Barbarroja, admirado por sus conocimientos, y por la osadía que significaba para una abadesa de clausura abandonar su convento para predicar, otorgó protección imperial a perpetuidad al monasterio de Rupertsberg.
Tras viajar incansablemente y fundar un nuevo convento en Eibingen, donde aún se pueden visitar sus reliquias, escribió aún multitud de composiciones musicales, cartas y libros.

Ya anciana, tuvo su único desencuentro con la Iglesia, al dar sepultura en su convento a un noble que había sido excomulgado, quedando por tanto, expresamente prohibido su entierro en santuario o tierra sagrados. Firme en su decisión de acoger sus restos, borró todos los rastros del enterramiento, aduciendo que el caballero se había arrepentido y reconciliado con Dios en el momento de su muerte.

Poco después, en 1179, Hildegarda falleció con 81 años.
En el momento de su muerte, hubo multitud de personas que atestiguaron que se hizo visible en el cielo una inmensa cruz cuyos travesaños estaban formados por dos arcos iris.

Por razones nunca aclaradas, su canonización fue varias veces propuesta y varias pospuesta.
Tres Papas la consideraron y la dejaron estar, tal vez por esa cercanía que mostró durante toda su vida, tanto a los conocimientos claros, como a los oscuros.

Como decía al comenzar éste artículo, no fue hasta 2012, después de nombrarla Doctora de la Iglesia y apenas cinco meses antes de dejar el Sillón de San Pedro, que Benedicto XVI se decidió a inscribir a Hildegarda en el catálogo de Santos, merced a una “canonización equivalente”, lo que permitió obviar, las razones que a los anteriores papas les habían impedido terminar el proceso.
Total, él se marchaba…Y ¡La oscuridad hace refulgir la luz!

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