PREMIAR LA INFAMIA.


Alfred Nobel, probablemente, creó los premios que llevan su nombre con la intención de que su recuerdo en la historia no fuera vinculado con “su otro gran logro”, la invención de la dinamita.

Pero su “inmortalidad” seguramente no va a dejar de ser polémica jamás.

Observemos el asunto desde la perspectiva que queramos, en la fecha que prefiramos, lo que se percibe es lamentable y hasta ofensivo para la inteligencia.

Los sucesos y acontecimientos poco encomiables desde la constitución de la fundación que aún otorga los premios en la actualidad, se filtran a los medios de comunicación desde hace más de cien años poco a poco, casi como si fueran intrascendentes, como si no tuvieran importancia, camuflados entre las rutilantes convocatorias de cada una de sus ceremonias de entrega, presididas por la realeza sueca.

Pero, de la misma forma que la gota horada la piedra, la acumulación de sospechas, desmentidos, acusaciones y descargos, acerca de la poca ética de sus entramados empresariales, del horror del flagrante comercio de armas, o la fabricación de químicos de todo tipo y de funesto efecto sobre la humanidad y el propio planeta, la especulación pura y dura en las bolsas de todo el mundo, además del comportamiento repulsivo y abusivo de algunos de sus prohombres, han ido minando la opinión pública progresivamente y parece que el momento de la perforación absoluta, del agujero visible en la roca, finalmente ha llegado.
El descrédito total se ha consumado.

Que consideren para el premio Nobel de la Paz 2020 a Donald Trump… ¿Es prueba de ello?

Mientras cada uno de nosotros reflexiona sobre el tema y forja su opinión al respecto, no me resisto a comentar un suceso que tuvo lugar hace ahora 130 años y desarrolló su truculenta trama en el Instituto Karolinska, una institución universitaria médica situada en Solna, localidad cercana a Estocolmo, cuya “Asamblea Nobel” es responsable de nombrar cada año al ganador del Premio de la fundación de Fisiología o Medicina.

Nuestra peculiar historia comienza en 1890, año en el que un gentilhombre sueco (del que prudentemente omito el nombre aunque es fácilmente identificable) necesitaba desesperadamente dinero.

Un amigo le propuso negociar con el famoso Instituto un tétrico y rentable contrato que le permitiera salir del apurado trance, y así lo hizo.

El objeto del “trueque” era su propio cuerpo físico, que se comprometía a entregar a la institución para ser momificado en el momento de su muerte. A cambio recibiría el ansiado dinero que, todo hay que decirlo, ascendía a una nada despreciable cantidad.

Unos años más tarde, concretamente en 1910, cuando ya estaban constituidos los Premios Nobel, nuestro alegre juerguista heredó una buena fortuna que le liberó para el resto de su vida de penurias económicas.

Decidió entonces que, obviamente, el honor de su familia y herederos no podía verse mancillado con el oprobio de su cuerpo momificado exhibido en la vitrina de cualquier museo o universidad y pujó por la recuperación de los derechos sobre su organismo, negociando de nuevo con el Instituto, prácticamente sin límite económico, pero sin éxito. La situación se volvió tan tensa, que el caballero finalmente denunció el hecho a la justicia.

Pese a que el caso fue de instancia en instancia, durante largo tiempo, terminó como empezó. Sin solución satisfactoria para el millonario.

No sólo perdió el juicio y, por tanto, la posesión física de su cuerpo, sino que además, debió pagar una cuantiosa compensación al Instituto por los daños causados a su propiedad, ya que había sustituido su dentadura natural por una artificial, sin el preceptivo permiso de la institución.

Desde ése momento y hasta su muerte, tuvo que solicitar autorización al Instituto para cualquier tema médico que hubiera de enfrentar.

Hay quien dice que, hasta que Europa, allá por el fin del siglo XX, fue recorrida por un súbito y sorprendente sentimiento de pudor, que duró poquísimo y que hizo retirar de prácticamente todos los museos los cuerpos momificados, el cadáver del gentilhombre anduvo dando tumbos macabros…
Los premios Nobel y sus cosas… Y sus inauditos casos inagotables.

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