EL ESCALOFRIANTE CASO DEL ABUELO ASESINO.

Cada 26 de julio se celebra el Día Mundial de los Abuelos.
Casi todos los que hemos sido afortunados con la dicha de conocer a los nuestros, atesoramos recuerdos entrañables y enseñanzas que, hasta nuestra propia vejez, nos facilitan respuestas que su experiencia nos regaló generosamente. Aunque no todos son venerables, ni sabios.

Algunos son seres perversos, como ejemplo, valga este horrible caso:

Albert Fish, apodado por la opinión pública “el Hombre lobo de Wysteria”, “el Vampiro de Brooklyn” y “el Hombre de gris”,
describía a quien quisiera oírle, detalladamente, cómo experimentaba frecuentes éxtasis religiosos, cómo cumplía con las órdenes recibidas en esos “trances” y cómo expiaba sus culpas mediante el castigo físico radical, si los malinterpretaba.
Llevó al extremo aquel dogma, afirmando en múltiples ocasiones que “sus voces internas” le aseguraban que él era la reencarnación de Jesucristo y de San Juan, y que el Todopoderoso era quien le ordenaba cometer dichos sacrificios humanos, para demostrarle – como Abraham con su hijo Isaac – su obediencia y sumisión incondicional.

Era lógico que las autoridades decidieran ingresarle en un centro psiquiátrico. Sin embargo, aunque fue internado tres veces, le dejaron salir al no conseguir demostrar que estuviese “loco”.

Nadie podía imaginar que tras el rostro surcado de arrugas de expresión, de aquel tímido y amable abuelo de sesenta y cinco años, se escondía uno de los asesinos en serie caníbales más despiadados de principios del siglo XX en Estados Unidos.

Hamilton Howard Fish nació el 19 de mayo de 1870 en Washington y, tras la muerte de uno de sus hermanos, con el que se comunicaba una vez muerto, decidió “compartir su cuerpo con él” y asumió su nombre, Albert.

Su madre, viuda de un hombre 40 años mayor que ella, le dejó en un hospicio donde, desde los cinco años, sufrió constantes abusos y maltratos. Extrañamente, ya desde tan tierna edad, Albert no intentaba escapar de dichos castigos. De hecho, anhelaba que llegase ese momento. Le hacía sentir que alguien fijaba su atención en él, que existía, que estaba vivo.

Los informes de aquella época infantil, describían a Fish como conflictivo y con una marcada tendencia a provocar problemas importantes, reclamando el castigo correspondiente. Se infligía cortes y golpes en el cuerpo, y también los propinaba a otros compañeros, buscando una reacción mayor en ellos.
Coleccionaba recortes de prensa donde se hablaba de crímenes y proclamaba abiertamente su fascinación por la idea de comer carne humana.

De los más de cien delitos que se le suponen, a falta de pruebas consistentes, solo pudo ser juzgado por el asesinato de Grace Budd, una niña de tan sólo diez años.

Tedd, hermano mayor de la niña, publicó un anuncio en el periódico local solicitando un puesto de trabajo. Fish, seducido con la idea de contactar con el joven, al que pensaba ofrecer como cebo un trabajo de ayudante de pintor, oficio en el que se desempeñaba, de forma itinerante por todo el territorio del país, se acercó al domicilio familiar y, fatalmente, quedó prendado de Grace.
Fingiendo la organización de la fiesta de cumpleaños de su sobrina y con la promesa de la contratación de Tedd, convenció a la familia Budd, para que permitieran a Grace acudir al evento en compañía del “abuelito”. Regresarían temprano. A las nueve de la noche. Jamás lo hicieron.
Seis años de incertidumbre y angustia por parte de la familia, llegaron a su fin, con la recepción de la carta más terrible de la historia que nunca nadie recibió. Comenzaba así:

“El domingo 3 de junio de 1928 llamé a su puerta en la calle 15, 406 oeste. Llevaba queso y fresas, y almorzamos. Grace se sentó en mi regazo y me besó. Me propuse comérmela. Con el pretexto de llevarla a una fiesta, le pedí que le diera permiso, a lo que usted accedió…”.
Continúa describiendo pormenorizadamente los métodos que utilizó para acabar con la vida de Grace, así como lo que decidió hacer (comérsela) y no hacer (violarla).
El texto completo es accesible para quien quiera vivir la terrorrífica experiencia por la que pasó la familia Budd, al abrir aquella misiva de Albert Fish.

La perspicacia en la observación de detalles que pasaron inadvertidos para otros investigadores, permitieron al detective William F. King detener a Fish el 13 de diciembre de 1934.

En el juicio celebrado el 11 de marzo de 1935, el “abuelito de ojos claros” narró sonriendo las depravaciones que había realizado con unos cien niños. Diez días después, el jurado le declaró culpable y el juez promulgó una sentencia de pena de muerte en silla electrica.
El Daily News publicó: “ Sus ojos llorosos destellaron de alegría”.

Fish, impertérrito, sólo preguntó si estaría consciente en el momento de su muerte, porque era el único placer que le faltaba probar: “Mi propia muerte, el delicioso dolor de morir”.
Quería sentir, plenamente consciente, su último escalofrío.

La ejecución se produjo el 16 de enero de 1936.

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